06 noviembre 2018

Dani, con el ADN de un abuelo a toda máquina

De pronto, un hombre se presenta en el circuito de la Quintanilla con una de sus manos vendada y los dedos lastimados. Lidiar con máquinas cortadoras de carne no suele ser un acto del que uno pueda salir siempre intacto.

Allí “arma su reino” el sacabeño José Fuentes, que toma distancia por unas horas del trabajo pesado para reafirmar los hilos que lo conectan con las cosas que lo mantienen de pie: el olor de la tierra, la velocidad, las motos y, especialmente, su nieta Daniela, una niña de 7 años que hace lo que quiere montada en su pequeña Yamaha.

Llorar de alegría, a un costado, le está permitido a don José, pues es una de las personas que más dinero invierte en la naciente trayectoria de la corredora Daniela Ramírez.

No escatima un peso cuando de su nieta se trata. Es él quien esculca sus bolsillos y compra los resortes, prensas y otros componentes que requiere mensualmente el motorizado.

La narración es verídica. Procede, al menos, del testimonio oral de su hijo Ignacio (Nacho, para los amigos), un muchacho de 20 años que también cobija los retazos del anhelo familiar y que guía a su sobrina en los entrenamientos.

“Mi papá es fanático del motociclismo. Admira a Marco Antezana, Fredy Herboso y Walter Nosiglia. Nos dice que nos va a apoyar siempre, que mientras él viva tendremos todo. Al verla correr a mi sobrina, llora. La aconseja. Le pide que nunca menosprecie a nadie”.

Y cuando la pasión es tan grande, trascender es su destino.

Daniela va en serio. En 2016, cuando tenía 5, experimentó su primer acercamiento con la pista. Pero una caída fuerte, que le generó susto porque impactó contra unas piedras en un descenso, la alejó de pronto del ambiente tuerca. Las mujeres de la familia levantaron la bandera de la precaución. Fue la abuela paterna de la corredora quien se opuso tajantemente a que la niña continuara compitiendo.

La explicación llega de labios de Nacho: el error descansó en la elección del vehículo, que era de dos llantas y muy veloz para la piloto.

“Me hice reñir. Le habíamos cambiado de moto. Luego ella ya no quería subir más”.

La memoria de la piel y la retina duró unos pocos meses.

Maravillada por la destreza de Aylen Caero, uno de los exponentes femeninos más valiosos del país, Daniela tomó una decisión y se la comunicó de inmediato a su papá Ronald y a su tío Nacho: “Quiero ser como ella. Voy a correr otra vez”.

Regresó con fuerza en febrero. Entonces, la apuesta subió de tono. Le compraron los trajes especiales de competencia para motivarla, equiparon su moto con repuestos del mercado estadounidense y la inscribieron en el Prenacional de Cliza. Allí sorprendió.

Con algo de tres semanas de ensayos, la sacabeña, que cursa segundo de primaria en el colegio Kanata, demostró que está para grandes cosas.

En aquel entonces, su tío Nacho, hermano menor de su mamá, se encontraba lesionado tras salir mal parado de un salto en una contienda local. No importaba la convalecencia. Tampoco, que estuviera recargado en dos muletas, producto de una intervención quirúrgica en su rodilla.

El muchacho se disponía a asistir a su sobrina desde un costado. La alumna obedecía.

“Ella decía: ya, tío. Hacía caso. Le indicaba las maniobras y entendía. Se ha ido familiarizando cada vez un poco más. Todos estuvieron seguros de que iba a ganar su primer Nacional en Cliza”.

Fue entonces cuando le pidieron a los Ramírez-Fuentes que la corredora representara a dicho municipio en las contiendas del país. La aceptación no demoró en llegar.

La fiebre tifoidea, que se incubó en su cuerpo luego de la ingesta de un alimento en mal estado, le jugó una pasada amarga. Enfermó, tuvo vómitos y no pudo pelear por la corona en el torneo de Villamontes, hace unos cuatro meses.

Resignó 50 puntos elementales. Todo se desplomó de forma temporal. Fue solo en la Quintanilla donde se levantó con coraje, aunque ello se dio mediante un detalle importante: lo logró a bordo de un vehículo más potente.

QUE NADIE LE HABLE Considerar que la concentración es un estado mental exclusivo de atletas o artistas con trayectoria amplia debe ser una concepción equívoca. De lo contrario, ¿cómo se explica que la pequeña (admiradora del campeón latinoamericano de MX1, Marquito Antezana) encuentre también sus métodos particulares?

Sí. En la antesala de cada carrera, Dani se aleja de todos. Se sienta donde puede. Desoye cualquier sonido del exterior. Fija la mirada en un punto abstracto. No hace caso si alguien la llama, aunque, en verdad, tampoco nadie se atreve a invadir su momento, a sabiendas de que se trata de su instante y es ella quien pone inicio y fin.

Concluida dicha fase, que suele durar poco más de 3 minutos, está presta para subirse a su moto, colocarse el casco y echar a andar su motorizado.

$US 1.500 POR MES Ronald Ramírez, papá de la sacabeña, hace cálculos. Se anima a lanzar que gasta 1.500 dólares en un semestre. El monto incluye, sobre todo, los elementos de la motocicleta.

“Hay que hacer mantenimiento, cambiar piezas y comprar repuestos de Estados Unidos”.

En poco tiempo dejará a un lado la Yamaha que actualmente utiliza. Se pasará a una KTM 55, que ya prueba para ir familiarizándose.

Hay una “amenaza” (así la llama el trío) que corre entre Ronald, Daniela y Nacho, pero que la palabra no cause espanto, pues se trata, más bien, de una advertencia alentadora.

“La amenazamos. Le decimos que si no gana, ¿para qué entonces estamos aquí? Ella nos pide que la dejemos sola para concentrarse por completo”.

Caída

Daniela tuvo un accidente de relevancia hace unos meses. Luego de ello pausó su carrera. Retornó con más ganas.



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